Cines de barrio

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Cines de barrio

– No tengo ninguna prueba, pero tampoco ninguna duda de que era sábado. Y justo ahora van a cumplir treinta y un años, once meses y dieciséis días. Exactos.

– Fue la primera vez que mis padres me llevaron al cine Aragón aquí en Madrid, en la calle Alcalá 334, os ahorro un esfuerzo, no lo busquéis por internet, ya no existe.

«Por Rulo»


Las Tortugas Ninja fue la elección de mi padre para tenerme entretenido durante 90 min. Pues mire usted, se lo agradezco. Nunca lo olvidaré. Ni la película, (que después de ese día habré visto, sin exagerar, unas cuarenta veces), ni el cine, (repito, ya desaparecido), y por supuesto las palomitas que no me compró.

Imagen: Cine Aragón

En mi familia ir al cine era un lujo. Con suerte íbamos una vez al mes, y puede que menos. La verdad es que no recuerdo muchas películas, pero si recuerdo la sensación de estar sentado,  y que la magia fluía. Esas pantallas enormes, esas butacas no tan limpias como uno quisiera, pero que tampoco importaba demasiado. El acomodador con su linterna de petaca, que nunca se gastaba.

Recuerdo más los cines que las películas, había tardes que mi padre, o mi madre, dependiendo del partido de fútbol en el carrusel deportivo, solo íbamos a mirar los afiches de las películas. El Canciller, el Ciudad Lineal, San Blas, y ya, cuando se volvían estupendos mis padres y habían ahorrado un poco más gracias a las ofertas del DIA, íbamos el Palacio de la Música, o el Avenida. (Eran más caros porque había que comprar un billete de autobús o de metro).

Años después, ya aficionado al cine, intenté hacer una ruta por los cines de Madrid. Ya no quedaban tantos. E incluso recuerdo un cine enfrente del cine Victoria, donde vi “El abuelo” de Garci, que nadie recuerda. ¿Me lo habré inventado? Qué lástima no haber guardado la entrada, como hago ahora.

He sido testigo directo e indirecto de los cines de Madrid, directo porque he trabajado en varios que he ido “cerrando”. Tívoli, Benlliure, Juan de Austria, y Acteón. Nunca podré superar a un compañero al cual llamábamos, cariñosamente, el enterrador, porque había asistido al cierre de los cines Luna, Tïvoli, Palacio de la Música, Avenida, Juan de Austria, y Acteón. Pío se llamaba, Don Pío.

E indirecto por descubrir, de la noche a la mañana que lo que antes era un cine, ahora es una tienda de ropa, un supermercado o una caja de ahorros.

Incluso tuve el privilegio de trabajar en Conde Duque Alberto Aguilera durante tres años, y podría contar varias anécdotas que harían temblar el misterio, pero me las guardo. No vaya a ser qué…

Imagen: Conde Duque

Ya no quedan casi cines de barrio, de una sola sala, o reformados para convertirlo en un multi pequeño cine. Ya solo quedan cines en la periferia, que casi se tarda más en llegar que en lo que dura la película. Y claro que merece la pena, pero sobre todo un lunes o un martes, porque parece que la película es solo para ti. (Y por cierto, ahora que nadie nos escucha, trabajo en uno de ellos, soy un traidor)

Como conclusión final después de creerme un Thompson de pacotilla diré que los cines siempre existirán, de alguna o de otra forma, y me juego mi cabellera rubia que todos tenemos recuerdos imborrables en el cine; el magreo con la novia de turno en la fila de los mancos, una película de miedo que daba más risa que terror y el cachondeo con tus amigos, el esconderse en los lavabos para colarse en otra sala y ver un 2×1, (yo nunca, ¿verdad?), y sobre todo, los gritos y aplausos cuando escuchaste –Vengadores, reuníos.

Las salas de cine pertenecen a nuestra vida tanto como Netflix, HBO o Youtube. No lo olvidemos.

POR RAÚL JIMÉNEZ CARA