05 May ¡El gran apagón! Madrid volvió a los años 80
Hablamos del apagón del lunes 28 de abril, donde Madrid y España entera se quedo a oscuras. ¿Te quedas para ver sus pros y sus contras?
POR REDACCIÓN MADRIDCANALLA
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Madrid, lunes por la mañana. Iban a ser las típicas horas tontas de empezar la semana arrastrando el alma y el cuerpo, con mi segundo café como único salvavidas. Pero no. Esta vez el universo tenía otros planes. De repente, ¡zasca!, se va la luz. No una lucecita del pasillo ni la del baño. No. Toda la casa. Todo el edificio. Todo el puñetero barrio. ¿Lo primero que pensé? Los plomos, otra vez. Pero esta vez no, todo estaba en orden. Bajo al rellano y ya están los vecinos asomando la cabeza. «¿A ti también se te ha ido?», «¿Será algo de Iberdrola?», «Yo estaba calentando el biberón del crío…». Y así empieza la verbena.
Lo curioso de esto es que, sin luz y sin nada que hacer, nos pusimos a hablar. De verdad. No el típico “hola-qué-tal-buenos-días” de ascensor. Hablar, hablar. Me enteré de que la del 2º tiene un gato con nombre de futbolista, que el del 5º toca la batería (y mal, según la del 4º), y que la del 1º lleva años queriendo poner plantas en el portal. Qué cosas. Gracias al apagón me enteré de más cotilleos en una hora que en cinco años de vivir aquí.

¿Qué hacer?
Ya en casa, miro el móvil. Sin red. Cero. Ni datos, ni WiFi, ni nada. Me sale un iconito raro como de satélite abandonado. “¿Y ahora qué hago?”. No hay series, no hay memes, no hay scroll infinito. Pues nada, me pongo a recoger un poco la casa. Hasta me atrevo con el libro que tengo cogiendo polvo en la estantería. Duro media hora, lo admito, me intrigaba más que pudiese pasar en la calle, voy a ver que se «cuece».
La calle es el termómetro de lo que pasa
Bajo a la calle. Y lo que me encuentro me deja loco: Madrid está viva. Gente en la calle, hablando. Las terrazas llenas. El parque de Chamberí como si fuera la comunión de media ciudad. Los chavales jugando a rescate, a la comba, al escondite. Sin móviles, sin tablets, sin TikTok. Niños sudando, cayéndose, riéndose, raspandose las rodillas. Como antes. Como cuando nosotros éramos niños. Me da una nostalgia que ni el anuncio de turrón.
Y no solo los críos. Pandillas de adolescentes en los bancos, tomando pipas, con litronas compartidas, carcajeándose sin mirar una pantalla. Señoras mayores sentadas en corro sacando los abanicos, hablando del calor, del apagón, de lo que se tercie. Hasta los perros parecían más contentos. No sé, todo más humano.

El bar, punto de encuentro
Decido ir al bar de al lado de casa, veo a José (mi camarero favorito) a todo trajín, me saluda y me dice que no da abasto, que el bar lo tiene petado, como si fuera un viernes o «juernes». Me pillo una caña y un pincho de tortilla, aún tiene frías las jarras (milagro), doy un buen sorbo con la espuma entre los labios mientras me tomo el pincho de tortilla voy observando el trajín de la calle. Veo riadas de personas para arriba y para abajo, las paradas del bus con colas que parecía Doña Manolita, esperando el décimo de navidad.
Luego veo señoras y chicas hablando como si no hubiera un mañana, contando «salseos» del finde, lo del apagón era lo de menos. Luego oigo las típicas radios de abuelos y padres a pilas que nadie quería, y oye, pues el chino esta haciendo el agosto vendiendo radios de las que se ponían nuestros yayos con antena subida y todo. Faltaba sacar la Game Boy, el Spectrum para creerse que habíamos regresado a los años 80.

Entre toda la gente, veo a paranoicos comprando papel higiénico y botellas de agua como si se fuera a acabar el mundo, reflexiono -este se cree que vuelve la pandemia- o si se cree que se termina el mundo, pues que le pille con el culo bien limpio. Me pregunto luego ¿cuantos niños y niñas nacerán nueve meses después del apagón? No hay mejor motivo que se apague la luz y no hacer nada, para hacer lo importante, el amor.
Y pienso: ¿hace falta que se caiga el sistema para que nos miremos a la cara? ¿Para que salgamos a la calle y charlemos como si nos conociéramos de toda la vida, para tener relaciones?
Era como estar en una peli ambientada en los 80, pero sin vestuario forzado. Gente jugando, hablando, escuchándose. Me dio por pensar en cómo hemos cambiado. Antes, la calle era el punto de encuentro. Ahora es solo el sitio por donde pasas mirando el móvil. El apagón nos desconectó de los cables, pero nos conectó entre nosotros. Qué ironía.
Volvió la luz
A eso de las 19:00, vuelve la luz. Se oye un “¡eeeeeh!” generalizado. Alegría, claro. Pero también… un poquito de tristeza. Porque como si alguien apretara un botón, todo volvió a la normalidad. Las terrazas empezaron a vaciarse. Los niños se fueron recogiendo. Las caras volvieron a iluminarse por las pantallas. Adiós humanidad, hola WiFi.
Yo me quedé un rato más fuera, mirando cómo todo se apagaba otra vez, pero en otro sentido. No sé si esto fue un fallo técnico, una conspiración, o simplemente el karma dándonos una colleja. Pero durante siete horas, Madrid se volvió barrio. Se volvió comunidad. Se volvió lo que era.
Reflexiono
Y, mira, ojalá pasara más a menudo. No lo del apagón, que tampoco estamos para andar tirando de velas cada dos por tres. Pero sí lo de bajar a la calle, saludar al vecino, tomarte una caña al sol sin mirar el reloj. Jugar con tus hijos en el parque, sin preocuparte de si se manchan. Sacar las pipas y echarte unas risas con quien sea. Ser un poco más de carne y hueso, y menos de cristal y cable.
Porque si algo nos enseñó este apagón, es que cuando sé apaga todo, empieza lo real.

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