Yo también fui una virgen de agosto en Madrid
Una historia de agosto, soledad, reencuentros y noches de verbena en La Paloma.
Por Carolina Aventin
No soy madrileña, pero son muchos años los que llevo viviendo aquí. Siempre he optado por vivir en el centro de la ciudad. Los meses pasan y son un frenesí: el trabajo, la gran oferta cultural que nos ofrece Madrid, reservar los días, reservar los restaurantes, brindar con Mahou con amigos que acabas de conocer… Pero llega agosto y, de repente, la ciudad se vacía.

Hace unos años decidí quedarme este mes. Ver cómo la ciudad para, cómo ya no hay colas, cómo no necesitas reservas. Es posible que tu establecimiento favorito haya cerrado por vacaciones y tus amigos se encuentren en los lugares de costa más cotizados. Y ahí estás tú, sola, en un piso vacío, en un Madrid en el que, si me apuras, puedes sentarte en el metro. Un Madrid donde envías un correo y todo son respuestas automáticas en las que remarcan sus días de vacaciones, con ese matiz tan gracioso: “ambos inclusive”. Claro que sí, que nadie os quite vuestro merecido descanso.
Y es ahí cuando entran mis semanas favoritas de Madrid. Me siento como Eva, la protagonista de la película dirigida por Jonás Trueba, La virgen de agosto. Aparecen las fiestas de La Paloma y Madrid se convierte en una gran verbena que me transporta a las fiestas de los pueblos que viví durante mi adolescencia, antes de tener que labrarme un futuro en la capital de las oportunidades.

Hay momentos en los que te sientes sola, pero empiezas a hablar con personas que, al igual que tú, han decidido quedarse. Da la misma casualidad que tu amigo el Vasco, el que vivió una temporada en Madrid, viene de visita y se convierte en la excusa perfecta para juntarnos unos cuantos. Quedamos en las casetas de los partidos políticos, bromeando sobre ideologías y sobre si el mojito sabe más a izquierdas o a derechas. Pero esa tarde nuestra única ideología es disfrutar y bailar sin parar. Recorremos el resto de las casetas y terminamos comiendo un bocadillo de calamares.

Continuamos andando y terminamos en la plaza de Las Vistillas. Comienza el concierto, gritamos, saltamos y nos abrazamos. Somos felices de recordar que un día Madrid nos volvió a reencontrar. Seguimos recorriendo el resto de sus calles, rumbo a la plaza de la Paja, pero somos incapaces de llegar. En cada puesto suena la música y la gente baila. No podemos evitar unirnos, conocer a otras personas que, al igual que nosotros, han decidido pausar esa semana y fundirse en una noche de verbena que dura hasta altas horas de la madrugada.

Voy a reponer fuerzas. Hoy es domingo y, además de mi dosis de cafeína mañanera, esta noche tengo una cita con Miss Caffeina.