Madrid te lía: El peligro de salir sin plan por Madrid

Madrid te lía: El peligro de salir sin plan por Madrid

Hay tardes en Madrid en las que no tienes absolutamente nada que hacer. Ningún plan. Ninguna reserva. Ningún concierto al que llegar corriendo. Nada. Y precisamente esas son las tardes en las que Madrid te enseña sus encantos.


El otro día tenía que hacer un recado en Madrid. Tenía una cita a las cuatro de la tarde, una hora que, siendo sinceros, se me hacía un poco temprana, pero tocaba estar allí.

Además, quienes vivimos fuera del centro tenemos ese pequeño cálculo mental que hacemos cada vez que tenemos que bajar a Madrid: transporte, tiempo de ida, tiempo de vuelta y la posibilidad bastante seria de que cualquier cosa se complique.

Yo iba con una idea bastante clara. Termino la cita, hago lo que tengo que hacer y para las seis de la tarde, como muy tarde, estoy en casa.

Una tarde aburrida, pensé.

Error.

Mientras todavía estaba terminando la cita se me encendió la bombilla: ¿y si al salir me voy a Casa Dani a comerme un pincho de tortilla?

Y ahí empezó el líada.

Salí con hambre de esa que empieza a hacer ruido dentro del estómago y decidí que, ya que tenía tiempo, me iba andando. Hacía bastante que no me daba un paseo largo por Madrid y me apetecía desconectar un rato de la rutina.

Lo que yo llamo un paseo.

Porque un madrileño puede decir «voy andando, que está aquí al lado» y aparecer cuarenta y cinco minutos después en otro distrito.

Avda. de América, barrio de Salamanca y rumbo al Mercado de La Paz

Tiré por Avenida de América y empecé a callejear por el barrio de Salamanca.

Castelló. Núñez de Balboa. Lagasca.

Una calle detrás de otra, mirando escaparates, entrando mentalmente en tiendas en las que probablemente no iba a comprar nada y disfrutando de algo tan sencillo como caminar sin tener que llegar a ningún sitio a una hora concreta.

Y eso también es Madrid.

Hasta que llegué al Mercado de La Paz.

No os quiero dar envidia, pero aquella tortilla estaba tremenda.

Después de reponer gasolina para el body, llegó la segunda parte del plan: seguir andando.

Porque una vez que sales a pasear por Madrid pasa una cosa bastante curiosa. El destino deja de importar y empiezas a disfrutar del camino.

Me fui fijando en pequeños comercios, escaparates y negocios de barrio. Esos que todavía conservan algo especial y que, personalmente, son los que más me gustan. Sin grandes planes. Sin necesidad de llevar una ruta preparada.

Simplemente andar.

Hasta que, después de otro buen rato, apareció otra idea.

«Ya que estoy aquí…»

Esta frase es una de las grandes trampas de Madrid.

«Ya que estoy aquí…»

Y con esas cuatro palabras puedes acabar a kilómetros de donde pensabas estar.

Llevaba alrededor de media hora más andando cuando decidí darme otro capricho. Parada en Manolitos, en Alonso Martínez. La idea era sencilla: sentarme en una terraza, pedir un buen café y acompañarlo con uno de esos pequeños artefactos capaces de hacer desaparecer cualquier intención de comer sano.

Y allí me quedé.

Café. Manolito. Terraza.

Y gente pasando.

Me gusta sentarme algunas veces simplemente a mirar. Escuchar conversaciones ajenas, observar a la gente, ver cómo cada uno va a lo suyo. Por una vez, dejar que la cabeza se calle y ponerse a observar.

Madrid tiene mucho de eso.

De sentarte cinco minutos y terminar quedándote media hora porque estás a gusto.

Después del café seguí caminando.

Sin prisa.

Sin plan.

Hasta que apareció un Tiger.

Entré.

Grave error.

Tengo una cantidad de agendas que probablemente podría montar una papelería, pero cada vez que veo una nueva me pasa lo mismo. «Esta es diferente».

No lo es.

Pero me la llevé.

Porque Madrid también consiste en esas pequeñas compras absurdas que no necesitas pero que, por alguna razón, te alegran la tarde.

Cuando salí, miré el reloj.

Las nueve y media.

Mi último bus salía a las diez y media.

Un momento.

¿Las nueve y media?

Si hacía nada eran las cinco de la tarde.

Habían pasado casi cinco horas desde que salí de aquella cita y a mí me parecía que llevaba fuera un rato.

Ahí fue cuando entendí la jugada.

Madrid me había liado.

Madrid empieza a ponerse guapo cuando cae la tarde

Llegué a Moncloa todavía andando.

Ya estaba anocheciendo y Madrid empezaba a cambiar de cara.

Las terrazas iluminadas. Las mesas llenas. Gente hablando de sus cosas. Copas, cafés, cervezas y platos sobre las mesas. Conversaciones que se mezclan unas con otras mientras la ciudad sigue funcionando alrededor.

Me quedé un rato mirando aquella escena.

Y pensé que no había hecho absolutamente nada especial durante toda la tarde.

No había tenido ningún planazo.

No había ido a ningún sitio extraordinario.

Había ido a una cita, había caminado, había comido tortilla, había tomado café, había comprado una agenda que no necesitaba y había observado Madrid.

Y me lo había pasado de puta madre.

Todavía me quedaba un último cigarro antes de coger el autobús. Uno de esos que te fumas tranquilo mientras esperas y que parecen tener otro sabor cuando sabes que has aprovechado la tarde sin haberlo planeado.

Subí al bus con esa sensación extraña de haber estado fuera todo el día.

Cinco horas.

Para mí, una.

Madrid te lía y por eso mola

Hay ciudades que necesitan que tengas un plan para disfrutarlas.

Madrid muchas veces no.

Aquí puedes salir de casa sin saber muy bien qué vas a hacer y terminar encontrando una terraza, una tienda, una calle que no conocías, un bar, una tortilla, un café o simplemente una conversación ajena que te entretiene durante diez minutos.

Y cuando te quieres dar cuenta, vas con el tiempo justo para coger el último bus.

Madrid tiene esa capacidad.

Te saca de casa sin prometerte nada y luego empieza a colocarte pequeñas tentaciones por el camino.

«Ya que estoy aquí…»

«Voy andando.»

«Me tomo un café.»

«Entro un momento.»

«Solo miro.»

«Un último cigarro y me voy.»

Y cuando finalmente miras el reloj, te preguntas cómo coño han pasado cinco horas.

Ese día yo solo tenía una cita.

El resto lo puso Madrid.

Y, sinceramente, qué buena manera de perder una tarde.